Me resulta difícil entender cómo se puede llegar a esto, cómo se puede llegar a un deterioro de esta magnitud, qué mecanismos mentales y morales permiten a una organización, y quienes tienen el poder dentro de ella, actuar de un modo tan arbitrario, injusto y tan poco inteligente.

No tengo demasiadas dudas de que esta lamentable actuación, precedida de otras muchas de la misma naturaleza, responde a una determinada “cultura política”. Una cultura política asentada en una serie de principios, de modos de actuar, de resolución del conflicto que pervierten la acción política y la organización por la que circula, que admite mal la crítica y que corrompe conciencias y voluntades.

Nos encontramos, con este expediente disciplinario, ante un caso paradigmático en el que aparece en toda su extensión las patologías partidarias, las que han ido minando aquellos principios y valores por las que vale la pena acercarse a un partido, formar parte de un colectivo humano en el que se respira libertad, igualdad, solidaridad, humanidad.

Patologías de los “patriotas de partido” que utilizan lo que es de muchos, de vivos y muertos, en beneficio propio. De los que hacen del partido un fetiche para hacer del militante, del ciudadano, una cosa. (1)

Patologías de “la banalidad del mal” como expresión de actuaciones “orgánicas”, de reglas del sistema al que se pertenece sin reflexionar sobre sus consecuencias, cumplimientos de órdenes, con independencia de la ética que las sustenta. Muerte del pensamiento y la razón, muerte de la palabra. (2)

Patologías que escriben “partido” con mayúscula, para levantar barreras de poder, para empequeñecer al militante y al ciudadano. “El bien del Partido”, “por el bien del Proyecto”, “el Partido no quiere”. (3)

Patologías del “clientelismo de partido”, de redes clientelares que actúan en favor de la promoción de sus líderes, del control de los puestos remunerados, que en pocas ocasiones obran en beneficio de quien no forma parte del grupo. (4)

Patologías de “selección adversa”, por la que, como dicen Urquizu y Barreiro: “El apoyo al líder y a su equipo es moneda de cambio para el reparto de cuotas de poder entre los diferentes grupos. El resultado es que algunos de los representantes de las distintas familias figuran en puestos de responsabilidad no por su demostrada inteligencia, sabiduría u honradez, sino porque es el precio a pagar por el apoyo prestado. Como consecuencia, el partido acaba promocionando a individuos que, a pesar de que contribuyen a garantizar la estabilidad del partido a través del equilibrio de poderes, representan un coste excesivo en términos de valía política. El partido se convierte en una organización todavía menos atractiva para los externos.” (5)

Patologías de “intereses primarios”, en virtud de los cuales una parte del partido tenga como interés, en su reparto del poder interno, impedir una victoria electoral del propio partido, bloquear a los mejores candidatos, porque esa victoria y ese candidato le sea desfavorable. (6)

Patologías de los llamados “puestos de confianza” con prácticas de selección de personal pagados con dinero público, sin la menor mención a la publicidad, el mérito y la capacidad, incumpliendo estatutos propios y normas constitucionales. (7)

Patologías de “servidumbre voluntaria”, que como explica Étienne de La Boétie: “el hecho de que la aparición de un tirano despierta a su alrededor el ansia de dominio de un grupo de tiranos menores que piensan que podrán beneficiarse de servir al tirano mayor; y este grupo de tiranos menores, a su vez, despierta también el ansia de dominio de otros tiranos subalternos que a su vez provocan la aparición de otros tiranos aún más subalternos… En definitiva, que en una sociedad regida por una tiranía las relaciones tiránicas se expanden como un cáncer: todo el mundo aspira a sacar un provecho personal del servicio a sus superiores y de la instrumentalización de sus inferiores. De todo esto podríamos concluir que la responsabilidad de la existencia del despotismo no es exclusivamente del déspota, sino de todos aquellos que deciden voluntariamente servirle.” (8), (9)

Patologías de “espiral del silencio”, de opinión partidaria dominante, de mecanismos que den miedo a expresar la propia opinión discrepante, de miedo al aislamiento del rebelde y el crítico. (10)

Patologías de “Leyes de hierro, partidos de hojalata”, que se protegen con la aplicación de normas que representan su propia debilidad, actuaciones de la “vieja política”, cierre de filas, órdenes para la oscuridad, encerrados con un solo juguete. (11)

Denunciar esas patologías, esas perversiones, esa miseria moral e intelectual, es la obligación de los militantes comprometidos, de los militantes que no renuncian a seguir pensando y  a seguir peleando por aquello que creen justo.

Por eso, no me pidan que no me llame Pablo, no me pidan que deje de pensar, de luchar por lo justo, contra la arbitrariedad y la opacidad.

Yo también me llamo Pablo.

 (1) El Capital, “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto” y “Manuscritos económico-filosóficos” (1844), Karl Marx.

 (2) “Eichmann en Jerusalem. La banalidad del mal.” Hannah Arendt

 (3) “Autobiografía de Federico Sánchez”. Jorge Semprún. Editorial Planeta 1977

 (4) Del clientelismo tradicional al clientelismo de partido: evolución y características. José Cazorla. Working Paper n.55. Barcelona 1992

 (5) La selección adversa en los partidos. Belén Barreiro, Ignacio Urquizu y otros. EL PAÍS, 04.07.2003

 (6) Intereses primarios. Ludolfo Paramio. El PAÍS 21.05.1998

 (7) Confianza y desconfianza. Joaquin Leguina. EL PAÍS, 10.11.2006

 (8) El caso gürtel y la servidumbre voluntaria valenciana. Enric Gil Muñoz. ELPAIS 19.10.2009

 (9) Discurso contra la servidumbre voluntaria o el contra uno. Étienne de La Boétie. 1576.

 (10) La espiral del silencio Opinión pública: nuestra piel social. Elisabeth Noelle-Neumann

 (11) Las conexiones políticas: partidos, estado, sociedad. Roberto Luis Blanco Valdés. Alianza Editorial 2001

Fdo.: Fran Sanz, abogado y militante socialista. 

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